Acabaremos con la barbarie

Acabaremos con la barbarie

Acabaremos con la barbarie

Promesas y temores morales de la tecnología

El establecimiento de la primera línea de telégrafo en 1844 trajo grandes esperanzas para la humanidad. Por primera vez el mensaje iba más rápido que el mensajero. Por primera vez el pensamiento podía volar a cualquier punto del mundo, y eso generó una gran ilusión. Se creó el concepto de “comunicación universal”, como aquel medio por el cual se podría unir la mente de todos los hombres en una especie de conciencia común mundial. Con el telégrafo se podría unificar a todos los pueblos para compartir los principios más elevados del humanismo. Por fin la barbarie estaba llamada a su fin. Era imposible que los viejos prejuicios y las hostilidades existieran por más tiempo, dado que se había creado un instrumento que permitía llevar el pensamiento a cualquier lugar de la tierra. El telégrafo prometía grandes avances morales en la humanidad.

No sé si finalmente ha sido así. Hemos conseguido una comunicación global, pero creo que no tanto esa “comunicación universal”, en el sentido de una conciencia común y una unidad en lo humano. La razón es clara: una supuesta conciencia universal no depende tanto del telégrafo, sino de los mensajes que transmitamos por dicha herramienta. No por tener una herramienta con capacidad para la comunicación universal, vamos a tener una cultura humana universal. Lo importante es el contenido (los mensajes) y menos el continente (el telégrafo). Así ocurrió que un telegrama fue el casus belli para el estallido de la guerra Franco-Prusiana en 1870, con lo que se conoce como el Telegrama de Ems.

No por tener una herramienta con capacidad para la comunicación universal, vamos a tener una cultura humana universal

El periódico inglés Spectator publicó en 1889 un editorial titulado “Los efectos intelectuales de la electricidad” donde se alertaba de los daños que podía causar el telégrafo en nuestra mente. Según el periódico, el telégrafo era un invento que no debía de ser, es decir, era moralmente inadecuado, pues su uso iba a afectar al cerebro y al comportamiento humano. El telégrafo estaba basado en comunicaciones breves, inmediatas y con frases reducidas. Esto hacía que el telégrafo forzara a los hombres a pensar de manera apresurada, sin apenas reflexión y sobre la base de información fragmentada. El resultado era una precipitación universal y una confusión de juicio, una disposición a decidir demasiado rápidamente y agitados por emociones. El telégrafo acabaría por dañar la consciencia y la inteligencia, para finalmente debilitar y paralizar el poder reflexivo. Me gustaría saber qué pensaría hoy el Spectator del WhatsApp.

Del telégrafo al WhatsApp. Tras casi doscientos años de “comunicación universal” me temo que no hemos acabado con la barbarie, y nos seguimos alimentando de la comunicación breve, con textos de 280 caracteres y vídeos de 30 segundos. ¿Tenemos ahora más humanismo que hace doscientos años? ¿Cabe suponer que nuestro poder reflexivo se viene debilitando desde el siglo XIX? Son preguntas para no acabar con el poder de reflexión.

Publicado en Digital Biz

 

Bombas de agua en una aldea africana

Bombas de agua en una aldea africana

Bombas de agua en una aldea africana

De la comunidad a la individualidad

 

Durante mi largo periodo universitario pasé un corto periodo de tiempo en la ONG Ingenieros Sin Fronteras, actualmente ONGAWA, y allí me contaron una historia que me hizo reflexionar sobre el impacto de la tecnología en la sociedad. Hace ya mucho tiempo de aquello y no recuerdo el lugar exacto, por ello, parafraseando a Cervantes, me atrevo a comenzar diciendo:

En un lugar de África de cuyo nombre no puedo acordarme, existía una pequeña comunidad cuya vida se vio alterada cuando les instalaron una bomba de agua en medio de la aldea. Antes de la llegada de dicha bomba, para disponer del agua de consumo diario las mujeres jóvenes de cada casa caminaban hasta el pozo más cercano unos tres kilómetros con el cántaro de barro sobre su cabeza. Aquel recorrido, que solía ser solitario y tranquilo, era aprovechado por los mozos del lugar para intentar acercarse a ellas y comenzar así un cortejo romántico. En cualquier recodo del camino, o quizás tras el grueso tronco de un baobab, un joven podía hacerse el encontradizo con aquella chica, que, en busca del agua diaria, recorría el camino hacia el pozo. La joven quizá recibía aquel encuentro, forzadamente casual, con soleada gratitud, y al final, en el brocal del pozo, el agua del amor podía correr con soltura.

Gracias a aquellos caminos hacia el pozo, el desarrollo familiar se mantenía con un ritmo sano de matrimonios y nacimientos, o nacimientos y matrimonios pues todo viaje al pozo tenía cierto punto de incertidumbre. Pero aquella tranquila aldea fue objeto del plan de “Viabilidad del Agua Y Acequias” (plan VAYA) que acabó con aquella natalidad sólida de que gozaban. En mitad de la aldea instalaron una moderna y tecnológica bomba de agua, que, a través de apropiadas y seguras tuberías, traía el agua del remoto pozo hasta el centro de la aldea. Con satisfacción y pompa se anunció tan importante mejora a la comunidad internacional. Hubo inauguración oficial con grandes personalidades de organismos internacionales, y la foto de algún que otro cantante de moda bienintencionado rodeado de niños jugando con el agua a presión que salía de la bomba.

Debemos usar la tecnología para el desarrollo de la sociedad, haciendo a la vez que las personas no pierdan su integración cultural de la comunidad en la que viven

Al final del día, cuando el sol rodaba por el filo de la sabana, se marcharon los negros coches oficiales, y allí quedó la bomba soltando agua en la explanada central de la aldea. Con ello se acabaron los paseos a por agua con el cántaro en la cabeza, las sorpresas previstas de encuentros imprevistos, el goteo de risas recostados en el pretil del pozo, y todo aquello que el amor desbordado pudiera llevar. A falta de encuentros amorosos camino del pozo, la aldea se fue quedando poco a poco sin niños, pero siempre con agua.
Esta historia, quizá algo novelada, pero con un poso de realidad, nos puede hacer pensar en cómo la tecnología y las medidas de desarrollo afectan a la cultura de la sociedad. En particular, y atendiendo a la moraleja de esta historia, cómo la tecnología nos puede llevar de la comunidad a la individualidad.

Ahora ya no instalamos bombas de agua en las plazas de las aldeas, pues esa necesidad ya está cubierta, pero sí instalamos “bombas de información”, sistemas que nos bombean (o bombardean) información: las redes sociales, los chatbots que saltan en cuanto entramos en una página web, o cualquier aplicación basada en el big data. Todas ellas nacen con la idea de traernos esa información que necesitamos, sin tener que caminar tres kilómetros.

Resulta paradójico que estas bombas de información a veces, si no las usamos convenientemente, fomentan más nuestra individualidad que nuestra vida en común. Evitan que nos encontremos, persona a persona, por el camino. Ya no hace falta llamar a nadie para tener información, ya no es necesario ir a ningún sitio: la información viene a ti, como el agua a la plaza del pueblo.

Jacques Ellul, filósofo del siglo XX, hablaba de la “liberación” de la tecnología, no en el sentido de rechazarla, imposible por otro lado, sino en la idea de tomar conciencia de cómo actuar con ella como sujetos (personas) y no como objetos (usuarios). Ésa debe ser la actitud para conseguir que la tecnología no nos lleve de la comunidad a la individualidad. Debemos usar la tecnología para el desarrollo de la sociedad, haciendo a la vez que las personas no pierdan su integración cultural de la comunidad en la que viven.

En otra ocasión, espero que pronto, desarrollaré esta idea con un ejemplo basado en una actuación que está llevando a cabo en Nigeria para limpiar el delta del río Níger basado en el blockchain (a través de la organización Sustainability International). Por el momento me permito terminar con dos citas, una de Hans Jonas y otra de Spiderman. Hans Jonas, en su principio de responsabilidad, nos decía que teníamos que obrar de tal modo que los efectos de nuestra acción fueran compatibles con la permanencia de una vida humana auténtica en la Tierra; es decir, debemos instalar bombas de agua y además hacer que la sociedad continúe con sus costumbres. Porque con la tecnología tenemos un gran poder de actuación, y, como decía el tío de Spiderman (aquí está la segunda cita), “un gran poder conlleva una gran responsabilidad”: la responsabilidad de conseguir que la tecnología no nos aleje de la individualidad«.

Publicado en: Icarus

 

 

La vida en tuit-pildoras

La vida en tuit-pildoras

La vida en tuit-pildoras

Los nuevos valores de la tecnología

 

En preguntar lo que sabes

el tiempo no has de perder…

Y a preguntas sin respuesta

¿quién te podrá responder?

Estos son versos de Machado, peo hoy día se considerarían un tuit: porque ocupan menos de 280 caracteres y porque lanzan un mensaje más o menos contundente. Si Machado viviera hoy, quizá habría escrito este cantar en formato tuit, seguido de una hermosa foto prefabricada, con paisaje de ensueño, sacada de un banco de imágenes. O quizá habría convertido el texto en una imagen de Instragram con palabras escritas en distintos formatos y colores, algunas de ellas sobre un recuadro, y sobre fondo de color pastel.

Vivimos la vida a píldoras. A píldoras de tuits, de instantáneas en Instagram o de llamativos titulares en alimentadores de noticias. Twitter es un microblog que nos ofrece la vida en micro-realidades pasajeras. Lo importante es el número de “impresiones”, es decir, las veces que se ha visto un tuit, aunque sea de manera fugaz, y sin causar apenas ninguna impresión. Porque la vida a píldoras no impresiona, sino que reconforta. Vivimos rodeados de frases breves, de aforismos lapidarios que intentan arreglar cualquier situación en 280 caracteres.

Vivimos la vida a píldoras. A píldoras de tuits, de instantáneas en Instagram

Estos mismos tuits remiten a artículos que exponen la realidad siempre en un número reducido de pautas: “Los cinco pasos para una transformación eficaz”, “Las tres cosas que debes saber sobre el blockhacin”, “Siete pequeñas acciones diarias que te harán ser feliz”. Hay que simplificar la realidad.

Lo mismo ocurre en cierta literatura actual. Asistimos a microlecturas de historias, o a recetarios vitales, que para poderlos convertir en libros se escriben con letras de tamaño 18 puntos y sin escatimar espacios en blanco. De nuevo se busca la pauta mágica que lo solucione todo, o la historia breve que permita cambiar de asunto sin dejarme huella.

Eficacia y rapidez: quiero solucionar mis problemas y lo quiero de forma rápida.

Este pensamiento, este valor ético, se traslada también al ámbito profesional. Lo experimento cada vez que un cliente me pide empezar un proyecto la semana que viene, como si no hubiera más vida en dos semanas; y obtener lo antes posible “quick wins”, porque “arriba” quieren ver resultados lo antes posible. “Quick wins”, esto es, tuit-soluciones en 280 caracteres. Eficacia y rapidez.

Si quieres escribir buenos tuits, lee poesía

Son los valores culturales que nos transmite la tecnología. Durante años se viene discutiendo si la ciencia y la tecnología son asépticas en lo que respecta a valores morales. Existen argumentos en ambos sentidos. La cuestión radica cuando trasvasamos elementos de la esfera científica o tecnológica al ámbito de lo social y de lo humano: véase la teoría de Darwin, para el caso de la ciencia, o la inmediatez, para la tecnología.

La comunicación por el móvil a través de Twitter o WhatsApp puede ser inmediata, y puede ser breve, porque el móvil no se ha hecho para escribir “Cien años de soledad”. Pero ¿nuestra percepción de la realidad debe ser breve e inmediata? La tecnología es eficacia y rapidez; ¿debemos ser nosotros siempre eficaces y rápidos?

Volviendo a Machado, no sé si estoy preguntando lo que ya sé o bien estoy haciendo preguntas sin respuesta. En todo caso nuestra labor es tener esa consciencia de qué valores nos creamos en virtud de la tecnología.

Si quieres escribir buenos tuits, lee poesía (esto mismo podría ser un tuit). Por ello, dado el tema, termino con otros versos apropiados del gran Antonio Machado:

Tras el vivir y el soñar,

está lo que más importa:

despertar.

Publicado en Digital Biz

 

Los nuevos quijotes digitales

Los nuevos quijotes digitales

Los nuevos quijotes digitales

La Inteligencia Artificial y las redes sociales

«Se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, se le secó el celebro de manera que vino a perder el juicio [y] vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, que fue hacerse caballero andante para el aumento de su honra».

Don Quijote perdió el juicio porque quedó atrapado en sus “redes sociales”, en su caso, las lecturas de libros de caballería, y así ocurre actualmente. Hoy en día puede que no leamos libros de caballería, pero al igual que Don Quijote, solo leemos aquello nos gusta, o lo que es peor, aquello que una cierta inteligencia artificial tonta dice que nos gusta. Y ya se está viendo el resultado: se están creando nuevos locos, nuevos quijotes digitales, que en busca del aumento de su honra en forma de “likes” se animan a realizar y publicar las más notables patochadas, como echarse agua hirviendo por encima o romper sandías con la cabeza, en una especie de combate mundial por ver quién es el campeón en disparates.

Don Alonso Quijano acabó convirtiéndose en Don Quijote porque solo leía libros de caballerías y pensaba que no había otro mundo fuera de la caballería andante. Actualmente cada uno solo lee sus particulares libros de caballería andante en forma de noticas, mensajes, tuits, vídeos o fotos creándose un nuevo universo imaginario.

Todo comienza cuando nos subscribimos a aquello que nos gusta: por ejemplo, en Pinterest, uno “pinea” aquellas fotos sobre temas de su interés; en LinkedIn, te suscribes a canales sobre contenidos afines; o en Instagram sigues a los que son como tú, o que tú quieres ser como ellos. En todos los casos, buscamos solo aquellas dimensiones de nuestro mundo en las cuales estamos conformes, llegando entonces a un mundo de una sola dimensión: solo hay caballería andante.

Se están creando nuevos locos, nuevos quijotes digitales, que en busca del aumento de su honra en forma de “likes” se animan a realizar y publicar las más notables patochadas

Pero la cuestión se complica más: se autoalimenta. Porque en base a tales suscripciones, según los “me gusta” gratuitos que ofrecemos, y atendiendo a los comentarios que hacemos, los algoritmos de tales redes sociales se toman la libertad de reducir más nuestra libertad con amables recomendaciones sobre aquello que “ellos” saben que nos gusta. Por ejemplo, si somos amantes de los gatos siameses, en Pinterest solo vemos fotos de gatos siameses; en LinkedIn nos aparecen conferencias y congresos sobre gatos siameses (seguro que existen tales conferencias); y en Instagram, recibimos vídeos sobre pequeñas aventuras de gatos siameses. Pero no termina ahí la pedagogía siamesa: si accedemos a cualquier publicación digital, nos aparece publicidad sobre alimentación para gatos siameses y si entramos en Amazon a comprar un libro sobre física cuántica, el algoritmo nos propone libros sobre el apasionante mundo de los gatos siameses cuánticos. Definitivamente, nos creamos nuestro mundo de caballería andante (en este caso con gatos siameses en su escudo de armas).

Por virtud de la inteligencia artificial y del “big data”, la situación todavía se enreda algo más. En el confuso libro “Homo Deus”, el autor, Yuval Noah Harari, nos habla de la crisis del liberalismo, entre otras razones, porque los algoritmos del futuro superarán nuestra capacidad de decisión al conocernos ellos mejor que nosotros mismos. Propone el caso de un asistente personal basado en Google al cual puedo preguntar sobre el dilema de qué chica es más conveniente para tener una cita. De esta forma el algoritmo me puede decir, que, si bien una de las candidatas ciertamente me atrae, dada mi alocada visión de la vida, aquella otra es más conveniente, debido a esa estabilidad que en lo más profundo de mi ser deseo, y que él, y sólo él, sabe, porque sabe más sobre mí que yo mismo. Y si un día me compro un perro labrador, cuando Google se entere, porque se acabará enterando, me mandará un aviso al móvil, o directamente al cerebro, diciéndome que dónde voy, si lo que me gustan son los gatos siameses. Gracias a mamá Google nuestro mundo de caballería andante permanece inalterable.

Al final de sus días, Don Quijote recobró la razón, y así lo dice en su último capítulo:
“Yo tengo juicio ya libre y claro, sin las sombras caliginosas de la ignorancia que sobre él me pusieron mi amarga y continua leyenda de los detestables libros de las caballerías. Ya conozco sus disparates, y no me pesa sino que este desengaño ha llegado tarde”.

Actualmente ya tenemos quijotes atrapados en las aspas de las redes sociales que muestran al mundo todos sus disparates via Youtube. La unión de las redes sociales más la inteligencia artificial nos puede llevar a una sociedad artificiosa, en la que creamos que todos piensan como nosotros, y en la que sólo se nos muestre aquello que unas fórmulas matemáticas dicen que nos gusta y que, además, es para nuestro bien.
Yuval Noah Harari habla de la crisis del liberalismo; más allá de esto está la crisis de la libertad. De la libertad basada en la diversidad, en la apertura a otros posibles mundos; en la posibilidad de aprender en base al error, que es la oportunidad a la creatividad. Si evitas la diversidad, tu universo se convierte en un monoverso aburrido, donde no hay espacio para la creatividad.

De nosotros depende el crear mundos de caballería, andante o no. Debemos diseñar una inteligencia artificial verdaderamente inteligente que no nos encierre en nuestro mundo de caballería basado en “likes”; corremos si no, el riesgo de convertirnos en quijotes digitales. Para ello recomiendo dos posibles acciones:

  •  Los algoritmos inteligentes que ofrezcan contenidos deben proponer opciones fuera de los supuestos intereses del usuario y fomentar la curiosidad.
  •  Los verdaderamente inteligentes debemos ser nosotros y abrirnos a otros intereses.

Don Quijote tuvo el pesar de liberarse tarde de su mundo de caballería. Que no nos pase igual, y terminemos votando a un gato siamés como presidente del gobierno.

Y por acabar al más puro estilo cervantino, me despido diciendo:
Vale.

Publicado en Computer World Red de Conocimiento

 

 

Pop Business: un gran negocio, sexy, joven y transitorio

Pop Business: un gran negocio, sexy, joven y transitorio

Pop Business: un gran negocio, sexy, joven y transitorio

Popular, transitorio, prescindible, de bajo coste, producido de forma masiva, joven, ingenioso, sexy, efectista, glamuroso y gran negocio.

Así definió Richard Hamilton al Arte Pop, del cual él fue su máximo exponente en Europa. Para la exposición This is Tomorrow de 1956, Hamilton realizó su famosa obra Just What Is It That Makes Today’s Homes So Different, So Appealing? (“¿Pero qué es lo que hace a los hogares de hoy día tan diferentes, tan atractivos?”). Es un collage que muestra a un musculado hombre en bañador y una mujer desnuda con una pantalla de lámpara por sombrero, todo ello acompañado de objetos cotidianos en aquel entonces en un hogar (un radiocasete, una aspiradora).

Hablamos de Pop Art y hablamos de economía compartida, que es una especie de negocio popular: Pop Business. Porque la definición dada por Hamilton para el arte pop bien vale para la economía compartida: es popular, transitoria (como veremos), prescindible (como todo), de bajo coste (de ahí los precios que ofrece), producido de forma masiva (por los usuarios), joven (aunque cada vez menos), ingeniosa, sexy (por las fotos de gente guapa y sonriente que aparece promocionando sus servicios), efectista, glamurosa (por las mismas fotos) y (obviamente) gran negocio.

Siguiendo la estela del collage de Hamilton nos podemos preguntar: ¿qué hace que la economía compartida sea tan diferente, tan atractiva?; ¿es el mañana?

La bella economía bella

La economía compartida es atractiva. ¡Cómo no serlo con los pingües beneficios que promete! En enero del año pasado Forbes relataba el caso de un fotógrafo del San Francisco Chronicle que fue despedido en 2009. Este amante de la instantánea alquila su casa a través de Airbnb una media de doce días al mes, por 100$ la noche, obteniendo un beneficio de 97$, y de noche convierte su coche en taxi, mediante Lyft, ingresando otros 100$. En total, 3.000$ al mes de ingresos por el alquiler de activos no usados. Para el año pasado Forbes estimaba que la economía compartida podría generar más de 3.500 millones de dólares. Demasiados millones como para dejarlos escapar. Ante tales cifras, cualquiera rebusca en su casa todo objeto en desuso (ahora llamado activo) y piensa en alquilarlo para generar beneficios durante el tiempo ocioso que no lo usa.

La economía compartida invita a obtener buenos ingresos, despierta el espíritu comerciante de cada uno y por ello todos dicen: yo también quiero. Y lo que es mejor, sin que ello signifique despertar el lado avaro de cada uno.

Porque la economía compartida te ofrece el consumo que limpia tu conciencia. Te llama a realizar acciones políticamente correctas, que es lo que importa hoy en día: la imagen.

La economía compartida invita a obtener buenos ingresos, despierta el espíritu comerciante de cada uno y por ello todos dicen: yo también quiero

La economía compartida contrapone el mundo antiguo del capitalismo industrial, oscuro y tenebroso, frente al inmaculado y resplandeciente mundo nuevo. En el capitalismo industrial existía el acceso controlado por unos pocos, la centralización, el monopolio, la competitividad, el individualismo: aspectos todos ellos propios de un sombrío medioevo. Sin embargo, la nueva y renaciente economía compartida nos habla del poder de los individuos, la descentralización, la participación, la colaboración y la creación de redes: es la vida del renaciente futuro.

La vieja economía capitalista habla del yo; la nueva economía compartida habla de nosotros. Es la nueva comunión, la salvación del alma laica, la colectivización voluntaria, la comuna aburguesada y capitalista.

Además es sostenible. Con el paradigma del viejo consumo del siglo pasado los habitantes de Estados Unidos consumen el equivalente a más de cuatro planetas Tierra; en Europa, el equivalente entre dos y cuatro Tierras. Insostenible. Nos aboca al desastre, al mañana sin futuro.

No hay motivo de alarma, la economía compartida viene en nuestra ayuda. Ella es el futuro perpetuo, porque lo sostenible es compartir. Eso significa reusar, reciclar, desperdicio-cero, economía circular, sin huella medioambiental.

El mensaje es potente, atractivo, hay que reconocerlo: con la economía compartida tienes un negocio sin necesidad de inversión, sin costes de infraestructura; transmites el humano valor de compartir, de la comunidad; con una visión sostenible y medioambientalmente responsable; y obtienes 3000$ al mes. Por eso las personas que aparecen en las fotos de las páginas web de la economía compartida todas se ríen.

La economía compartida es atractiva. La gente en ella es guapa y feliz. En la economía obsoleta de nuestros lejanos antepasados del siglo pasado, las imágenes de los CEO eran hombres o mujeres, todos serios, trajeados y circunspectos. Sin embargo, mira las fotos de los fundadores y confundadores de las empresas de economía compartida: es gente joven, sonriente, vestida de manera informal, trabajando en espacios modernamente retro (paredes de ladrillo visto, con lámparas de diseño). Los dueños de la economía compartida todos ríen. Siempre me he preguntado de qué se ríen tanto. De ti.

Sonría por favor

Se ríen porque en la economía compartida te están trasladando los costes de transacción y tú no enteras.

El principal atractivo de la economía compartida son los precios; es de bajo coste (como el Pop Art). Puedes conseguir un cómodo y acogedor apartamento para 2 ó 3 personas en Helsinky por 50€ la noche, o por 86€ en el centro de la ciudad. Estos precios tan baratos se consiguen porque los ofertantes (los dueños de las casas) apenas tienen costes de explotación ni de estructura. Simplemente tienen su casa y los gastos habituales de una casa. ¿Qué costes de estructura se están ahorrando?

Los dueños de la economía compartida todos ríen. Siempre me he preguntado de qué se ríen tanto. Se ríen de ti.

Para responder a ello, podemos leer las condiciones legales de una plataforma, llamémosla “MiCasaFeliz”, de alquiler de habitaciones. En dichas condiciones se indica que MiCasaFeliz no tiene ningún control sobre la conducta de los anfitriones, clientes y por tanto rechaza toda responsabilidad a este respecto en la medida máxima de lo permitido por ley. No es responsable de que el dueño de una casa cumpla con sus obligaciones asumidas en su anuncio. Las fotos que aparecen en la plataforma no constituyen ningún aval por parte de MiCasaFeliz de ningún miembro o alojamiento. El mismo dueño debe tener sus seguros al día (coste de infraestructura).

Tampoco garantiza la identidad de un dueño de alojamiento. Literalmente: “Toda referencia incluida en la página web a un miembro ‘verificado’ únicamente indica que ese miembro ha completado el proceso de verificación correspondiente, pero no significa nada más”. Nada más, a pesar de que al ver la identidad de un dueño te aparezca el icono de un escudito de caballero medieval, con el lema de “certificado”, “seguro” u otro similar. Nada más.

Con razón es MiCasaFeliz; feliz porque cobra por un servicio de tablón de anuncios. Nada más. El resto de costes que habitualmente puede tener un hotel, y que están ligados a asegurar que cualquier problema que tenga un cliente, ellos lo resolverán (costes de transacción), quedan traspasados a los dueños de las casas y los clientes, sin que estos se enteren. Por eso ríen los CxO de la economía compartida, por eso se llama compartida; porque los usuarios comparten los gastos de transacción.

Cada dueño y cliente es responsable de tomar las medidas que considere para garantizar la entrega o recepción del servicio. Pero, ¿por qué pensar en que algo puede ir mal?; ¿por qué desconfiar, si en las fotos de MiCasaFeliz todo el mundo es guapo y sonriente, y las casas de portada son de ensueño? ¿Acaso la gente guapa y sonriente es mala? Si estamos ante el mundo sexy y glamuroso (colaborativo, ecológico, sostenible) de la economía compartida.

En MiCasaFeliz se anuncia una casa cerca de Calatayud. Eso es sexy y glamuroso. La misma casa se anuncia en un “tradicional” portal de hoteles; ya no es tan sexy y glamuroso, estás en la vieja economía, no eres colaborativo ni ecológico y estás acabando con el planeta. Cuestión de imagen, que es lo que importa. Parte del negocio de la economía compartida.

Un negocio de hace diez años

Si lo analizamos con detalle, el modelo de negocio de la economía compartida es doble. Por un lado está el evidente negocio de cobrar como intermediario de una transacción (perdón, he dicho intermediario y transacción, términos de la vieja economía; en loor de la economía compartida, traslado al lector la responsabilidad de buscar unas palabra más glamurosas para remplazarlas).

La economía compartida es sólo un cambio de escala. No es un nuevo negocio, es sólo un negocio más grande

Pero existe otro tipo de negocio. La economía compartida recurre a los “viejos” conceptos de larga cola (long tail) y sombra de información que instauraron Tim O’Reilly y John Battelle hace ya diez años al hablar de Internet 2.0.

La larga cola no es más que el acceso al modelo de negocio de millones de usuarios por todo el mundo. El tablón de anuncios con la casa en la playa de alquiler deja de tener el ámbito de un supermercado de ultramarinos, la conversación informal en la que acordamos compartir coche o hacerme cargo de tu mascota durante el verano va más allá del patio de vecinos, y el compromiso de acercarme para ver qué le pasa a tu PC deja de ser cosa de amigos. La economía compartida es sólo un cambio de escala. No es un nuevo negocio, es sólo un negocio más grande. Es popular, producido de forma masiva. Una ampliación más de las facultadas humanas gracias a la tecnología.

La segunda componente del modelo de negocio es la sombra de información, que consiste en el tratamiento de toda la información que genera el usuario. MiCasaFeliz, también es feliz porque recopila la siguiente información de cada usuario registrado: datos de formularios; búsquedas o reservas realizadas (del propio servicio u otros, como por ejemplo, servicio de limpieza); comentarios publicados y comunicaciones con otros clientes; si vincula su cuenta a una web de terceros (p.e. Facebook), los datos persones publicados en ella; ubicación de GPS (si utiliza tecnología móvil); dirección IP, fecha y hora de acceso a la plataforma, hardware y software que está utilizando, número de clics, las páginas visitadas, el orden en el que se han visitado y el tiempo empleado en cada una de ellas. Todo ello a disposición de MiCasaFeliz y sus socios comerciales.

Efectivamente es un gran negocio; quizá no muy ingenioso, pues la componente de ingenio es de hace diez años, pero sí efectista, pues todos hablan de él, hasta Leaners. Es el Pop Business.

El Pop Art es además transitorio y prescindible: ¿lo será el Pop Business?

Y yo sin enterarme

En cuestión de predicciones suelo fallar más que acertar. Teniendo en cuenta esta premisa, practico la inconsciencia de aventurar la evolución del Pop Business.

Con el tiempo, las Administraciones Públicas entrarán a regular el gran negocio, y dejará de ser tan competitivo

El modelo cambiará en breve, ya está cambiando. Lo vemos con Uber (la predicción tiene poco de aventurera). El año pasado han circulado 3.500 millones de dólares, me temo que sin la carga impositiva deseada por algunos y con las correspondientes Administraciones Públicas sin enterarse.

Hay una tarta de impuestos que se les está escapando.. El compartir el coche nunca ha estado sujeto a control fiscal, pues era una actividad residual. Ahora, con el acceso masivo (la larga cola), deja de ser una actividad residual y cobra interés impositivo.

Por otro lado, aquellas actividades sujetas al control fiscal se quejan de tal desigualdad. La perrera que atiende a las mascotas mientras sus dueños se van de vacaciones, tiene unos precios más altos y no es competitivo frente a la plataforma que ofrece amables ciudadanos que acogen con cariño a la misma mascota en su casa. No es sólo una cuestión de pago de impuestos, es volver al tema de los costes de transacción. MiCasaFeliz ofrece precios competitivos porque descarga gastos en sus clientes.

Con el tiempo, las Administraciones Públicas entrarán a regular el gran negocio, y dejará de ser tan competitivo. La Comisión Europea respalda la existencia de Uber, aduciendo que cerrar Uber no es la solución. Uberr seguirá existiendo; falta el determinar cómo. La Generalitat de Cataluña ha impuesto una multa de 30.000€ a Airbnb, por comercializar apartamentos turísticos no oficialmente registrados; multa que ahora está meditando por el impacto que pueda tener sobre el turismo en la ciudad condal.

Las Administraciones Públicas están despertando y son conscientes de un cierto vacío legal. Cuando se cubra tal vacío la economía compartida ya no será la misma. Los costes de transacción repercutidos a los clientes comenzarán a hacerse tangibles en forma de seguros, registros oficiales, inspecciones, controles, etc. Habrá una cierta carga administrativa que hará que el negocio ya no sea tan sexy para los usuarios de plataformas de economía compartida.

El Pop Business no desaparecerá, pero cambiará. Economía compartida y no compartida se acercarán.

Otra obra de Pop Art muy conocida es la serie de 32 latas de sopa Campbell de Andy Warhol (1962). El autor realizó tal obra porque quería representar algo que se viera cada día y que fuera fácil de reconocer. Me imagino un cuadro similar, con la serie de 32 empresas de economía compartida que tenemos hasta en la sopa. Pop Business.

Publicado en Leaners Magazine, nº5, Sharing Value, pp. 24-26

 

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